EXTRACTO – Capítulo 38 – Los sacrificados

¿Qué sabemos verdaderamente de Fidel Castro? A pesar de las miles de páginas escritas, de los cientos de documentales, de películas y de entrevistas, ¿quién puede revelar el verdadero rostro de este animal político polifacético? Para comprenderlo, hay que ir muchos más allá de sus largos discursos y de sus puestas en escena. Hay que ir hasta donde se esconde el diablo, a los detalles, es decir, a la intimidad del personaje. Ahora bien, pocas personas han tenido acceso a este Fidel íntimo. El embajador francés, Dufour y su esposa formaron parte de esos privilegiados. La relación entre la pareja y el Comandante era tan estrecha que Fidel los invita un día a pescar tortugas gigantes. Dos barcos salen de los cayos: en uno van Fidel, dos pescadores y la pareja invitada, en el otro se encuentra la escolta del Comandante. Tras varias horas de búsqueda, los pescadores divisan un grupo de tortugas gigantes, de entre las que a simple vista una debe pesar más de 100 kilos. Fidel está nervioso como un niño la mañana de navidad. Quiere conseguir, sea como sea a aquel majestuoso animal cuya pesada concha se desliza a ras del agua. Uno de los pescadores consigue atrapar a esta quizás centenaria tortuga, mientras que el embajador y su mujer se mantienen alejados, observando la escena con una mezcla de curiosidad e inquietud. Durante un largo rato los tres hombre se afanan en intentar izarla; pero, pesada y poderosa como es, se resiste ante cada intento de los pescadores para subirla al barco.
La esposa del embajador se apiada del animal acorralado:
Dejémosla… creo que no vale la pena seguir intentándolo.
Su marido mantiene un silencio de aprobación, pero Fidel no parece haber oído la súplica. La tortuga se le resiste y eso no le gusta nada en absoluto. Hace un último esfuerzo para subir al animal que, elevando una de sus patas, se apoya sobre el casco del barco y de nuevo cae al agua. Agotado, Fidel desenfunda su pistola 11-43 y dispara varias veces sobre el vientre del robusto ejemplar.
El cadáver de la tortuga gigante flota un instante bajo la vengativa mirada de su asesino, que parece observar la masa inerte con un aire de desafío y de odio. La hace subir a bordo, llena de sangre, y colocarla a los pies de la esposa del embajador. Al incorporarse, los ojos del Viejo Cocodrilo se cruzan con los de su invitada. Fidel se queda petrificado al comprender inmediatamente su error. Lee en los ojos de esa mujer todo el horror de su acción. Comprende que al dar muestras de esa fría crueldad hacia una víctima tan inocente, acaba de desvelar una parte oscura de su personalidad.

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